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Ramón Jara Gil
(Sacerdote)
La persona que hoy nos ocupa es Ramón Jara, sacerdote nacido en Ceutí e hijo de una conocida familia de este pueblo. Su padre, Vicente el de Colás, fue durante buena parte de su vida dueño de una de las fábricas de conservas que hubo en nuestro pueblo y fabricaba sus productos bajo las marca denominada “Conservas Jara”. Su madre, Carmen, mitad de aquí y mitad de Lorquí como tantos otros casos en nuestro pueblo, se casó siendo muy joven, dieciséis años, y tuvo siete hijos y una hija. Ramón fue el menor de todos ellos.
Los primeros años de su vida los pasó en Murcia, en la calle Acisclo Díaz, donde sus hermanos estudiaban en el colegio de la Merced de los Hermanos Maristas, el mismo que aún sigue estando en el Malecón de la capital.
Desde muy pequeño y como muchos otros niños de su época, ayudaba como monaguillo en las cosas de la iglesia pero él fue un poco más allá ya que cuando al párroco D. José Antonio le empezó a fallar la vista, Ramonico, así es como todavía lo conocen los mayores del pueblo, era el que anotaba en los libros los bautizos, matrimonios y defunciones. Su primer encuentro con el seminario, al que acudió acompañado por su padre, fue a los doce años, pero no había llegado su momento y tal vez él o su progenitor pensaron que el joven Ramón debía conocer un poco más la vida y decidir más adelante qué es lo que de verdad deseaba. Hizo el bachiller estudiando en la academia que había en el antiguo Casino y sus profesores, de los que guarda un gran recuerdo, fueron D. Carmelo, D. Antonio y D. Diego al que estuvo ligado afectuosamente hasta el día de su muerte. De estos años guarda un gran cariño porque fueron los de la adolescencia etapa de gran importancia en el desarrollo de todo ser humano. Fueron los años en que empezó a descubrir el mundo que le rodeaba, las relaciones con los amigos, el valor de la amistad, a las chicas...
En los ratos libres que le dejaba el estudio, echó una mano en el negocio familiar. Esta experiencia le sirvió para adquirir hábitos de trabajo, un sentido social de la vida, el respeto por el trabajador, el sentido de la autoridad y otros valores que le acompañarían el resto de su vida y le ayudarían en el ejercicio de su ministerio.
Durante estos años de adolescencia y juventud, Ramonico participó en una actividad que durante muchos años hizo furor en nuestro pueblo, el teatro y la zarzuela. De la mano de Pedro Celdrán, Gregorio García y la batuta de D. Rodrigo, Ceutí tuvo una época dorada que habían comenzado unos años antes, con D. Carmelo y también D. José Antonio el párroco, y que consiguió que un buen número de jóvenes salieran a la palestra y representaran unas obras que hacían el deleite de una población que, por entonces, no contaba con muchas diversiones. Obras como “Agua, azucarillos y aguardiente”, “Los claveles” o la “Canción de Piyayo”, fueron representadas en nuestro pueblo por él y un grupo de amigos. Era jóvenes, a penas 15 ó 16 años, que recuerda la anécdota que le ocurrió a una de las compañeras de reparto: mientras ensayaban, le dio un ataque de risa tal que, literalmente, se orinó encima viniendo a caerle todas las aguas menores de la muchacha a D. Salvador, que estaba de traspunto debajo del escenario.
A Ramón le llegó la llamada de Dios como a San Pablo, estando de viaje. Cuenta que se mientras se hallaba en Tudela en la campaña del pimiento morrón, leyó la frase de San Agustín: “Temo a Dios que pase una vez y no vuelva a pasar” en una capilla de los Capuchinos, y esta le hizo reflexionar sobre su porvenir. Tenía 19 años, y entonces decidió entrar en el seminario. Su padre se debió sentir muy orgulloso porque parece ser que siempre quiso tener un hijo sacerdote. Los estudios en el seminario fueron muy bien aprovechados y esto le reportó un buen expediente académico. Pero no todo fue un camino de rosas porque, aparte de la situación social que se vivía en España en esos años, él también tuvo sus dudas espirituales en más de una ocasión, salvadas gracias a la oración y a los buenos amigos y compañeros.
Califica de muy rico su ejercicio sacerdotal y se siente muy orgulloso del trabajo que ha realizado con los jóvenes durante treinta y nueve años de su vida. Trabajó durante cuatro años en la Conferencia Episcopal Española en Madrid que le facilitó el contacto con otras realidades como, por ejemplo, la Latinoamericana. Tiene también muy buen recuerdo de su paso como Rector del Seminario Mayor y Menor, así como del equipo que trabajó con él en esta etapa.
Pero, dice, donde realmente se siente cómodo es con el contacto directo y diario de la gente. Es por eso que ha ido dejando grandes amigos para toda la vida allí por donde ha pasado: El Cenajo, Minas, Cieza, la parroquia de San Miguel y del Carmen en Murcia, y por último en la de La Asunción de Molina que es donde ahora ejerce su ministerio.
Ramón no se ha alejado nunca de su pueblo porque, como todos hemos visto en muchas ocasiones, participa de los actos religiosos y profanos que aquí se hacen y está siempre pendiente de todo cuanto a su pueblo se refiere.
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